1 de agosto de 2018

La polis literaria de Rafael Rojas


Rafael Rojas. La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría (Taurus, 2018).


Admiro sobremanera el tesón de los intelectuales cubanos que reflexionan, escriben y publican sin descanso y casi exclusivamente sobre el enrevesado laberinto de su isla. Confieso que si yo no pudiera olvidarme por completo y por largas temporadas de acertijos como México, España o Catalunya, simplemente me volvería loco. Afortunadamente ellos siguen ahí, firmes como los pinos de la Isla de la Juventud, dispuestos a sostenernos cuando los necesitamos. Rafael Rojas es uno de esos asideros del cual hay que beber de vez en vez. 

En La polis literaria conjuga dos de sus pasiones: historia intelectual cubana y literatura. Además, las extiende por recovecos que exceden los salados márgenes del Caribe, el Mar de los deseos que diría Antonio García de León.

La Revolución cubana ejerció una poderosa fuerza centrípeta sobre escritores e intelectuales de todo el mundo. La Fantasía Roja la llamará Ivan de la Nuez. Tal atracción trazó una historia de esperanza, fricciones, amores, choques y desavenencias que estallaron tras del apoyo de Fidel Castro a la invasión soviética a Checoslovaquia (1968) y el acoso, encarcelamiento y escarnio público del poeta Heberto Padilla (1968-1971). A partir de aquí, siguieron las protestas y distanciamientos de figuras como Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Susan Sontag, Marguerite Duras, Juan Goytisolo, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Octavio Paz o Juan Rulfo.

Muchos pensábamos que estos episodios originaron la ruptura del encantamiento entre intelectuales y la Revolución. Pero Rojas nos muestra que son más bien el punto culminante de una serie de tensiones que se venían acumulando desde el primer contacto entre la intelligentia mundial y el nuevo régimen de la isla.

El libro se concentra sobre todo en las complejas relaciones que estableció el aparato cultural cubano con los escritores Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, José Donoso, Jorge Edwards, Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima y Severo Sarduy. Pues sí, no hay mujeres en esta nómina cultural salvo la aparición esporádica de Haidée Santamaría, la dirigente de la Casa de la Américas. Espero que llegue pronto la parte femenina de esta historia (axioma: siempre hay una parte femenina en estas historias).

Las huellas de sus polémicas son seguidas por Rojas a través de la mirilla de varias revistas culturales de la época: unas orbitaban alrededor de los ideologemas promulgados desde la Habana como las cubanas Lunes de Revolución y Casa de las Américas y la uruguaya Marcha. Otras posicionaron una visión más liberal, en ocasiones buscando a esa “nueva izquierda Latinoamericana” en ciernes, como las revistas Plural (México), Mundo Nuevo (1966–1971, editada en París con ayudas de la Fundación Ford) y Libre (1971-1972 también editada en París).

Del rastreo de Rojas emergen discusiones álgidas y retorcidas sobre el deber político del intelectual; la posibilidad de conjugar la fantasía estética autónoma con el compromiso social; la ofensiva de 130 escritores de la isla contra Pablo Neruda y Carlos fuentes por asistir a Nueva York a una reunión del Pen Club; la homosexualidad en Paradiso de Lezama Lima o el rechazo del marxismo latinoamericano al postetructuralismo francés abrazado, por ejemplo, en la crítica literaria de Sarduy (quizá ese rechazo genérico explique la ausencia de Umberto Eco en las aulas de ciencias sociales de la isla de aquellos años). En resumen, un bombardeo discursivo inserto en la difícil tarea de conciliar el compromiso político de los escritores del boom con la aspiración de conquistar los mercados literarios internacionales.



Pero además de las revistas, y aquí viene un gran aporte, Rojas husmea en la correspondencia de los escritores estudiados. Eso es un movimiento sorpresivo e impagable. Algunos epistolarios como los de Cortázar ya estaban publicados desde hace tiempo. Pero otros no. Es de enorme valor su investigación en archivos especiales de bibliotecas como la Firestone, de la Universidad de Princeton y del Harry Ransom Center de la Universidad de Austin. Algunos de ellos parece que se han abierto recientemente a la consulta. Quienes entendemos la investigación como un espacio intelectual de este lado de la frontera de la inferencia y la interpretación, no tenemos palabras para agradecer que haya valient@s que naveguen entre documentos de este tipo.

A través de las cartas nos enteramos, por ejemplo, que Carlos Fuentes ideó a principios de 1967 una antología de “relatos sobre dictadores latinoamericanos, para la editorial Gallimard, en París” y que varios de los escritores más representativos del boom se le habían unido: Carpentier, por ejemplo, quien no quería escribir sobre Batista, García Márquez que aceptó sin desvelar sobre quién escribiría y Cortázar que se había “adherido con gran entusiasmo”, con “un texto de veinte cuartillas de alusión al cadáver de Eva Perón” (Posición kindle 3441-3442). El proyecto nunca llegó a realizarse pero muy probablemente fue el detonante de enormes piezas del calibre de Yo, el supremo (1974) de Augusto Roa Bastos, El recurso del método (1974) de Alejo Carpentier o El otoño del patriarca (1975) de Gabriel García Márquez.

Esta correspondencia también revela que “Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar fueron, tal vez, los dos escritores del boom que más directamente recibieron la presión del aparato político cubano, a través de sus epistolarios con Roberto Fernández Retamar y Haydée Santamaría, directora de Casa de las Américas" (Posición 1593-1595).

Siempre me llamaron la atención los matices en las críticas al régimen cubano de Carlos Fuentes y Vargas Llosa. Este último más radical y puntilloso, fue sin embargo el que tuvo una relación más estrecha con el gobierno cubano al ser, junto con Cortázar, miembro del consejo colaborador de la revista Casa de las Américas.

Como tal, viajó continuamente a la Habana donde participó en decisiones editoriales y discusiones intelectuales desde 1962 hasta 1971 (sí, el año en que estalló el escandaloso caso Padilla… pero tres años más tarde de la Primavera de Praga… ¿viste?). De este modo, no extraña que Vargas Llosa (otra vez junto a Julio Cortázar ) llegara a pedir la exclusión de Cabrera Infante de las revistas Mundo Nuevo y Libre pensando que “era posible poner de acuerdo a los narradores del boom con la burocracia cultural cubana” (Posición 4019-4022). Sin embargo, Carlos Fuentes y Emir Rodríguez Monegal se opusieron a marginar al autor de la enorme y sonora Tres tristes tigres y a su oloroso puro.

Creo que estoy dando la impresión de que la historia intelectual que traza Rojas es una especie de revista Hola! letrada. Pero es sólo un efecto de mi desenfadada lectura veraniega que anima también esta perorata. Esto no tiene nada que ver con su incisiva y seria escritura (busquen reseñas más serias porfa!). Por eso no les voy a contar la parte en que Carlos Fuentes y Jorge Edwards llaman a Castro “bongosero de la historia”.



De la visión crítica de Rojas quien sale vencedora es la literatura: cada autor es analizado en sus propios términos, inscrito en su propia noción de Revolución, compromiso político y su propia relación con Cuba. Todos salen bien parados pues elude utilizarlos, como habitualmente se hace, a manera de armas arrojadizas entre pro y anti castristas. El libro mueve fichas, posiciona a sus protagonistas ante hechos, pensamientos y aconteceres concretos y cede al lector la posibilidad (y responsabilidad) de cerrar el silogismo y extraer sus propias conclusiones.

Personalmente eché en falta un olfateo más intenso en la correspondencia entre Octavio Paz y Fernández Retamar que enfocara la relación del nobel mexicano con Cuba desde una lente distinta a la empuñada habitualmente por sus acérrimos herederos intelectuales. Al final de su vida el poeta reescribió afanosamente la historia de su relación con el comunismo y la Revolución en general (véase por ejemplo Itinerario de 1993). Esto no lo digo yo, que lo dice Krauze en Octavio Paz. El poeta y la Revolución (2014). Apetece revisitar sus sentires de aquellos años en que, todavía en 1967, seguía recibiendo invitaciones continuas a la isla las cuales, es verdad, siempre rechazó (¿pero cómo, cómo, cómo?).

La frenética producción intelectual de Rojas puede estar detrás de pequeños descuidos: citas literales que se reproducen literalmente más de la cuenta y personas y revistas fundamentales que aparecen desde el inicio de la lectura pero que no se presentan sino hasta en capítulos intermedios. La prosa no siempre mantiene el refinadísimo estilo y calidad de Tumbas sin sosiego (2006), El estante vacio (2009), La máquina del olvido (2011) o La vanguardia peregrina (2014) y otras obras del autor en las que el silogismo encuentra una demoledora poética propia, las ideas se baten en un ritmo argumental simplemente deslumbrante y las metáforas alcanzan niveles epistémicos superiores. Sin embargo se trata, sin lugar a dudas, de otro gran libro de Rafael Rojas que nos permite contemplar críticamente las paradojas y fisuras de la cantera literaria que colabora a construir la subjetividad de millones de hispanolectores desde los años sesenta hasta nuestros días.


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