15 de noviembre de 2019

El ángel caído



La otra noche, para palear un poco la decepción por las elecciones, me fui a mi clase de tuerking. Sería por el frío súbito que nos cayó encima esta semana, porque era lunes o quizá porque algún mal bicho entró al sistema del Bicing (el servicio público de bicicletas de Barcelona); el caso es que no había manera de hacerse con una. Me pasó a la ida y a la vuelta. Hastiado se buscar sin éxito, decidí emprender el regreso a casa en metro. Solución poco digna después de una sesión grandiosa de meneo de bote. Pero no tenía alternativa. 

Engullido por el subterráneo, en la primera parada hubo un lío en la puerta de mi izquierda. Giré la vista y me encontré con gente removiéndose en el suelo entre asombrada y temerosa. "Otro robo... ¿Y a estas horas y en esta línea? ", me dije y me pregunté al mismo tiempo (mis diálogos internos poseen ciertas prestaciones polifónicas poco comunes). Pero no. Un adulto mayor tropezó y cayó encima de una estudiante llevándose al piso también a su acompañante, una señora también mayor. Como 5 personas del poco poblado vagón en que viajaba saltaron como resortes de inmediato a atender el incidente. Antes de que me hiciera otra pregunta a mí mismo, la pareja mayor ya estaba sentada y repuesta del susto. El hombre tropezado, pese a la edad, era esbelto y con una condición física francamente envidiable.

Otro hombre mayor pero igual de atlético portaba una mochila enooorme y parecía que acababa de descender de la montaña sin el menor sofoco. Le instaba al señor caído que comprobara que no había sufrido ningún daño. Es "por experiencia propia", le decía.

Estaba tan concentrado en la escena que casi pierdo mi parada. Descendí cómo pude en Sagrera para transbordar a la línea roja.

Cambié de dirección. Bajaba por la escalera y justo antes de poner un pie sobre el andén, ¡plafff! un bulto cayó aparatosamente a las vías. Fue como si a un ángel que pasaba por ahí se le hubieran acalambrado súbitamente las alas antes de precipitarse como un plomo al suelo.

Levanté la mirada hacia el fondo del túnel no fuera ser la mala suerte de que... ¡ahhhh!!! Y sí, ¡joder!, un tren venia entrando justo en ese momento. La gente en el andén gritaba, saltaba y hacía señas al conductor. ¡Qué miedo! Éste se percató de inmediato de la situación. No venía muy rápido y sin muchos aspavientos aplicó el freno y alcanzó a detener el convoy como unos 7 metros antes de donde se encontraba el ángel caído. De inmediato 3 o 4 chicos aguerridos saltaron a las vías y en un abrir y cerrar de ojos tomaron al malogrado ángel y lo lanzaron de nuevo hacia el andén que lo recibió sonoramente como a un polvoriento saco de patatas: otro ¡Plaff!, pero distinto al primero. Éste, ya a salvo, se lamentaba sobándose la cabeza y pantorrillas. Se hizo daño.

De inmediato la gente apresuró la operación de extracción de los improvisados rescatistas. No era consciente de la gran distancia que separa las vías del andén. Es mucho. Cuando por fin llegué a la escena todos estaban fuera salvo el más alto y fornido. Constó mucho trabajo sacarlo de ahí. Pero no puede ayudar. Había ya demasiados brazos jalando. Entre muchos hombretones lograron subirlo pero la inercia quiso que toda la marabunta de gente implicada su fuera contra el suelo donde estaba… ¡oh no!!!... cayeron encima del ángel que seguía lamentándose… los hicimos a un lado… y lo sacamos todavía doliéndose en la cabeza y pantorrilla…

Tenía mala pinta … pero una mala pinta de días… se veía que lo estaba pasando mal… quizá no se cayó… da igual. Parecía un inmigrante, un nou catalá o un español no nacido en la península… ve tu a saber… porque esas cosas no se saben y no importan… Por cierto, a todo esto… en ambas peripecias estaban involucradas personas del más variado color de piel, forma de ojos, estilo de cabellos, tipo de vestimentas y acentos… los acentos… muchos acentos… como es natural, ante el asombro inicial todo mundo reacciona con sus lenguas maternas… recuerdo haber escuchado catalá, castellano español y de otros confines con aroma a ron, árabe (شكرا, exclamó la señora con velo al tiempo que elevaba las manos al cielo cuando la tragedia se frustró). Pero también había lenguas de Europa del este… etc.

Como suele ocurrir en esas situaciones, pasado el asombro, el castellano se instaló como lingua franca entre todos… y a nadie le importó ni acentos, pintas, color de piel o estilo del cabello… Otra cosa notable: nadie sacó el móvil para filmar nada… todo mundo estaba colaborando en algo…

Un par de tipos en lenguaje de señas-universal se dirigían al conductor para celebrarle sus buenos reflejos. Al final todo mundo se esfumó… quedó una sola chica llamando a los servicios de emergencias … acordamos que sólo llamara una persona pues en estos lances todo mundo llama colapsando las operadoras… me fui contento olvidando el terrible ascenso de la extrema derecha y disfrutando de que, hasta ahora, en el gran barrio donde vivo, todo va bien…

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